El mapa autonómico: quién ha legislado y quién no
Desde el curso 2025-2026, Madrid, Andalucía, Cataluña e Illes Balears tienen normas propias que restringen el uso de móviles y relojes inteligentes en los centros educativos sostenidos con fondos públicos. En Madrid, la restricción es más estricta en Infantil y Primaria (3 a 12 años), donde se elimina el uso individual de dispositivos digitales durante la jornada escolar; en Secundaria, el margen de decisión pasa al propio centro.
El resto de comunidades no han legislado con ese nivel de detalle: Andalucía, la Comunidad Valenciana, La Rioja, Navarra o Extremadura han publicado instrucciones o resoluciones que orientan a los centros, pero dejan la regulación concreta en manos de cada uno, según su plan digital y su normativa de convivencia. No hay, en resumen, una foto única: hay una tendencia clara hacia la restricción, con un desarrollo normativo desigual según el territorio.
Quién decide realmente: el reglamento de tu centro
Con o sin norma autonómica específica, quien concreta la regla del día a día es el Reglamento de Régimen Interior (RRI) de cada centro, aprobado con la participación del Consejo Escolar. Es ahí donde se fija si el móvil se guarda al entrar, si se permite en los cambios de clase, qué pasa si suena en medio de una prueba, y qué consecuencia tiene incumplirlo dentro de las normas de convivencia del centro. Si tu comunidad autónoma no ha legislado, esta es la palanca real de la que dispone tu centro; si ya lo ha hecho, el RRI es donde se aplica y se matiza.
La excepción que nos toca: alumnado con NEAE
Todas las normas autonómicas que restringen el móvil contemplan una excepción para el alumnado que lo necesita como ayuda técnica para su aprendizaje, o por circunstancias personales o de salud debidamente acreditadas. La autorización la concede la dirección del centro, normalmente a partir del informe o la documentación de necesidades específicas de apoyo educativo (NEAE) del alumno: por ejemplo, aplicaciones de comunicación aumentativa, temporizadores visuales o recordatorios para determinadas necesidades.
Esta es la conexión directa con el trabajo de orientación: la excepción debe quedar documentada, justificada y con condiciones claras de uso, del mismo modo que cualquier otra medida de acceso recogida en un plan de trabajo individualizado o adaptación curricular. Puedes generarlo gratis con nuestro generador de PTI y adaptación curricular.
Qué dice la evidencia científica
Aquí conviene separar dos preguntas que se suelen mezclar: si el móvil en uso, en ese momento de una clase, perjudica el aprendizaje, y si prohibirlo a nivel de centro mejora el rendimiento o el bienestar del alumnado en conjunto. La evidencia responde de forma muy distinta a cada una.
A nivel de aula, el efecto está bien documentado
Los estudios experimentales son consistentes: los alumnos que usan el móvil durante una clase toman peores apuntes, recuerdan menos y obtienen peores resultados que quienes no lo usan (Kuznekoff et al., 2013). Un metaanálisis reciente de 27 experimentos controlados con más de 2.200 participantes confirma un efecto negativo de tamaño medio-alto sobre el recuerdo inmediato (Chen et al., 2024), y otro estudio experimental sitúa el momento de mayor impacto entre los 10 y los 15 minutos de clase (Mendoza et al., 2018). En esto la evidencia es sólida.
A nivel de centro, la evidencia es mucho más débil de lo que se suele contar
El estudio que más ha influido en el debate público, en Reino Unido, encontró una mejora en los resultados de exámenes tras la prohibición del móvil, especialmente entre el alumnado con peor rendimiento previo (Beland y Murphy, 2016). Pero cuando se replicó ese mismo diseño en Suecia, con una muestra más amplia, no se encontró ningún efecto, ni siquiera pequeño (Kessel et al., 2020). Un metaanálisis posterior sobre cinco estudios cuantitativos encuentra un efecto global «significativo, pero modesto», más marcado en el bienestar social que en el rendimiento académico (Böttger et al., 2024).
El estudio más amplio hasta la fecha sobre bienestar, con 1.227 adolescentes de 30 institutos ingleses, no encontró diferencias en el bienestar mental entre los centros con políticas restrictivas y los permisivos, aunque sí menos tiempo de uso del móvil durante el horario escolar en los centros restrictivos (Goodyear et al., 2025). Y un estudio con adolescentes neerlandeses que comparó prohibiciones totales (todo el recinto) frente a parciales (solo el aula) no halló diferencias en bienestar ni en acoso entre ambas, pero sí encontró que las prohibiciones totales se asociaban a menor conexión entre alumnado y profesorado, y a menor sentido de pertenencia al centro en el caso de las chicas (Vanluydt et al., 2026). Ser más estricto, en otras palabras, no sale gratis y no siempre es más eficaz.
El matiz que casi nadie cuenta: uso guiado frente a prohibición
Un ensayo controlado a gran escala en China, con estudiantes asignados al azar a distintas condiciones, encontró que el uso libre y sin guía del móvil en clase reducía el rendimiento en comparación con prohibirlo, tal y como cabría esperar. Pero cuando el profesorado guiaba activamente el uso del móvil con fines didácticos, el rendimiento superaba, y de forma notable, al de la prohibición total (Deng et al., 2025). Es un matiz importante: la alternativa a «móvil libre» no es solo «móvil prohibido», también existe «móvil integrado con criterio pedagógico», y esa tercera vía apenas aparece en el debate público español.
Qué puede aportar orientación
Con un panorama normativo desigual y una evidencia más matizada de lo que parece, el papel de orientación no es repetir el titular de turno, sino ayudar al centro a decidir con criterio:
- Participar en la redacción del apartado del Reglamento de Régimen Interior que regula los dispositivos, para que quede claro, proporcionado y coherente con el resto de plan de convivencia del centro.
- Asegurar que la excepción para alumnado con NEAE está documentada caso por caso, no como una cláusula genérica que nadie sabe aplicar.
- Poner el foco donde la evidencia es más sólida: reducir el uso durante la clase, no necesariamente perseguir la prohibición más estricta posible en todo el recinto, que según los estudios más recientes puede debilitar el vínculo entre alumnado y profesorado sin una ganancia clara a cambio.