Un problema más frecuente de lo que parece

Las revisiones internacionales estiman que en torno a un 6,5 % de los menores presenta un trastorno de ansiedad, y que los problemas de salud mental afectan aproximadamente a uno de cada ocho niños y adolescentes en el mundo (Polanczyk et al., 2015). Tras la pandemia, los síntomas de ansiedad se han elevado de forma notable: un metaanálisis los situó en torno al 20 % de la población infantojuvenil (Racine et al., 2021). Son cifras que ningún centro puede ignorar.

El problema es que la ansiedad rara vez «se ve». A diferencia de una conducta disruptiva, el alumnado ansioso suele esforzarse por pasar inadvertido, lo que dificulta la detección por parte del profesorado.

Las formas de ansiedad que más se ven en el aula

«Ansiedad» es un paraguas que cubre situaciones muy distintas, y confundirlas lleva a intervenir mal. Estas son las que un tutor se encuentra con más frecuencia:

  • Ansiedad de separación: malestar intenso al separarse de las figuras de apego. Típica en los primeros cursos, con llanto en la entrada y llamadas para volver a casa.
  • Ansiedad social: miedo intenso a ser juzgado. Se dispara al hablar en público, salir a la pizarra o participar, y aumenta mucho en la adolescencia.
  • Ansiedad generalizada: preocupación constante y difusa por muchas cosas a la vez, con necesidad frecuente de reaseguro.
  • Ansiedad ante los exámenes: bloqueo en la prueba pese a dominar el contenido. Es la que más se confunde con falta de estudio.
  • Mutismo selectivo: el alumno habla en casa pero no en el centro. No es timidez ni oposición, y requiere valoración especializada.
  • Rechazo escolar por ansiedad: negativa persistente a asistir asociada a malestar, distinta del absentismo por desmotivación o por causas familiares. Lo diferenciamos en la guía sobre absentismo escolar.

Cómo cambia según la edad

La misma dificultad se expresa de forma distinta según la etapa, y eso condiciona lo que hay que mirar:

  • Infantil y primeros cursos de primaria: predominan las quejas físicas, el llanto, la ansiedad de separación y la búsqueda constante del adulto. Casi nunca se verbaliza como preocupación.
  • Últimos cursos de primaria: aparecen el miedo al error, el perfeccionismo y la preocupación por lo académico y por la aceptación del grupo.
  • Secundaria: gana peso la ansiedad social y la evaluativa, con evitación de la exposición pública, y es frecuente que se enmascare bajo irritabilidad, desconexión o incluso conducta disruptiva.

Ese enmascaramiento explica muchos diagnósticos tardíos: un adolescente que contesta mal y se va de clase antes de un examen puede estar gestionando ansiedad, no desafiando a nadie.

Señales de alerta en el aula

Ninguna señal aislada confirma un problema, pero su combinación y persistencia justifican prestar atención:

  • Físicas: dolores de cabeza o de estómago recurrentes, tensión, cansancio, quejas somáticas los días de examen.
  • Conductuales: evitar hablar en público, negarse a salir a la pizarra, faltar en fechas de prueba, perfeccionismo extremo o bloqueo ante las tareas.
  • Emocionales: preocupación excesiva, miedo al error, irritabilidad, llanto fácil, necesidad constante de reasegurarse.
  • Académicas: descenso del rendimiento que no se explica por capacidad, o un rendimiento alto a costa de un malestar evidente.

Distinguir nervios de ansiedad clínica: es normal sentirse nervioso ante un examen. Hablamos de un problema cuando el malestar es intenso, desproporcionado, persiste en el tiempo e interfiere en la vida diaria del alumno (relaciones, asistencia, rendimiento).

Qué puede hacer el centro

1. Cribado periódico con instrumentos validados

La observación del tutor es valiosa, pero insuficiente por sí sola. Un cribado con cuestionarios validados de bienestar emocional permite dar voz al propio alumnado y detectar a quienes necesitan una valoración, incluidos los que no llaman la atención. Puedes ampliar esto en nuestra guía sobre la evaluación del bienestar emocional.

2. Umbrales y derivación claros

Define de antemano qué puntuaciones activan una revisión y cuál es el circuito de derivación al equipo de orientación o a los servicios de salud mental. Así la respuesta no depende de la intuición de cada docente.

3. Seguimiento longitudinal

La ansiedad evoluciona. Registrar el historial de cada caso permite comprobar si el acompañamiento está funcionando y garantiza la continuidad cuando cambia el profesorado de referencia.

Qué puede hacer el profesorado en el aula

Aquí está el matiz que más se pasa por alto. Ante un alumno que lo pasa mal, el impulso natural es evitarle la situación: no sacarle a la pizarra, no pedirle que lea, dejarle no ir a la excursión. A corto plazo funciona, porque el malestar baja de inmediato. A medio plazo la evitación alimenta la ansiedad: cada vez que se esquiva la situación temida se confirma que era peligrosa y el miedo se hace mayor. Este mecanismo de mantenimiento está en la base de los tratamientos psicológicos eficaces para la ansiedad.

La estrategia útil no es evitar ni forzar, sino acompañar en pasos graduales:

  • Avisa antes de preguntar. Decirle con antelación que le tocará leer o responder elimina la parte más angustiante, que es la incertidumbre.
  • Gradúa la exposición. Antes de exponer ante toda la clase, que lo haga en pareja, luego en pequeño grupo y después ante el aula.
  • Ofrece formatos alternativos temporales, con un plan explícito para volver al formato ordinario, no como excepción permanente.
  • Da tiempo y estructura en las pruebas: enunciados claros, orden de dificultad creciente y margen para revisar.
  • Refuerza el intento, no el resultado. Que haya salido a la pizarra ya es el logro.
  • Acuerda una señal discreta para pedir una pausa breve sin tener que explicarse delante de nadie.
  • Cuida el grupo: un clima donde equivocarse no se penaliza reduce la ansiedad de todos, no solo la de un alumno.

Cuidado con las adaptaciones permanentes: eximir de forma indefinida a un alumno de hablar en público le protege hoy y le limita mañana. Toda medida de este tipo debería tener fecha de revisión y un plan para retirarla poco a poco.

Qué conviene no hacer

  • Minimizar con un «no es para tanto» o «todos nos ponemos nerviosos».
  • Exponer al alumno delante del grupo para que «se enfrente al miedo» sin preparación previa.
  • Interpretar la evitación como vagancia o la irritabilidad como mala educación.
  • Prometer que no pasará nada, en lugar de transmitir que podrá con ello.
  • Hablar del tema delante de la clase, aunque sea con buena intención.
  • Improvisar un diagnóstico. Detectar y derivar es tarea del centro; diagnosticar y tratar, no.

Cuándo hay que derivar

Más allá del apoyo ordinario en el aula, algunas situaciones requieren valoración especializada sin demora:

  • Malestar intenso que se mantiene durante semanas pese a los apoyos del centro.
  • Interferencia clara en la asistencia, el rendimiento o las relaciones.
  • Episodios de ansiedad aguda con síntomas físicos intensos.
  • Rechazo escolar sostenido.
  • Señales de que el malestar va acompañado de sintomatología depresiva, autolesiones o cualquier indicio de ideación suicida. En ese caso la derivación es inmediata y prioritaria, con aviso a la familia y activación del protocolo del centro. En España, el teléfono de atención a la conducta suicida es el 024, disponible las 24 horas.

De la detección a la intervención

Detectar solo es útil si se cierra el círculo: cribado, valoración, apoyo en el aula, derivación si es necesaria y seguimiento. Una gestión centralizada de las alertas evita que un caso se quede sin respuesta y facilita la coordinación entre tutoría, orientación y familia.

Este artículo tiene fines divulgativos y no sustituye la valoración de un profesional de la salud mental.